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Desde que inicié mi relación con el golf, hace muchos más años de los que quisiera contar, fui un ferviente observador del diseño de los campos y de la estrategia de las canchas en las que juego y trabajo.
Recientemente tuve la oportunidad de jugar en Old White, en West Virginia, USA, sede del Greenbrier Classic del PGA Tour, invitado por John Deere. Este campo, diseñado por Charles Blair Macdonald en 1914, es una deliciosa obra de arte que combina la estrategia con un diseño tradicional maravilloso, especialmente en lo que respecta a los greens y a sus entornos.
A medida que avanzábamos en el juego, se nos presentaban nuevos desafíos y movimientos en la cancha, todos diferentes entre sí, que hablan de una enorme variedad de recursos utilizados por Macdonald en el año 1914 y que hoy no son frecuentes de ver. Es por este motivo que varios arquitectos tradicionales como el mismo Macdonald, Alistair Mackenzie, Donald Ross y otros siguen teniendo enorme vigencia, y sus canchas un carisma especial frente a los nuevos campos que basan su dificultad en la distancia y en volar grandes espejos de agua. Muchos de los campos tradicionales siguen basando sus mayores dificultades en los greens y sus entornos, lo que obliga al jugador a pensar más y a utilizar una enorme variedad de tiros diferentes.
En mi opinión, deberíamos prestar mucha más atención a estos finos detalles de la tradición, que son el legado de los invalorables arquitectos que ha tenido el golf en la primera mitad del siglo XX.
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